Alí Primera.El mural más dramático y revelador de cuantos he visto en mi vida (y he visto unos cuantos) estaba en la calle Camacaro de Carora. Si mal no recuerdo, era la campaña electoral de 1973 y Héctor Mujica era el candidato del Partido Comunista de Venezuela. Fueron los militantes de ese partido quienes pintaron esa especie de drama hecho testimonio de pared: un niñito macilento, millonario de lombrices, le dice a un anciano más feo y flaco que él mismo: Papá, tengo hambre. El viejo le responde: Yo también, hijo. No sé por qué (o a lo mejor sí, pero no encuentro ahora cómo explicarlo) esa cosita malasangre que sentía cada vez que pasaba frente a ese muro la asocié toda mi vida con Alí Primera. Pero no con el cantante en sí, y ni siquiera con su monumental discografía, sino con una canción en particular: Canción Mansa para un Pueblo Bravo.
Varias coincidencias vitales me abordan en esta fecha y esta temporada. Hace 17 años el pueblo venezolano dejó de ser pendejo (como dice la canción), se volvió montaraz (también lo dice) y este río manso poquito a poco se enfrenta al mar (ídem). Un carnaval, hace 21 años, Alí se mató en una autopista caraqueña. Yo jamás lo vi cantando en persona (lo vi una vez, sí, pero en la calle, como un ciudadano más), pero el día de su homenaje póstumo, de cuerpo presente pero ya silencioso, fui a su encuentro en el Aula Magna de la UCV, y allí entoné, junto con otros miles de venezolanos devastados por la tristeza, la canción que me recuerda al mural y que me recuerda de dónde viene mi creencia en las luchas de entonces y en las de ahora.
Dice así:









