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16 septiembre 2007

Demis Roussos: When I'm a kid (cuando soy un niño)

En una de las primeras entregas de este blog me referí a Demis Roussos con algo de pavor, debido a la inclinación natural y griega de sus canciones hacia el fatalismo (leer aquí). Hace unos pocos días un usuario de este blog, autonombrado escarabajoalfa7, me hizo caer en cuenta de que estaba equivocado. Es decir: me ha convencido de que Demis Roussos no siempre fue así de amargado o flébil (vayan sin pena, busquen flébil en el diccionario), pues su primer éxito comercial fue una canción titulada When I'm a Kid (Cuando soy un Niño) y el amigo Escarabajo ubicó en Youtube un video donde aparece Roussos interpretándola. La canción destila bastante esperanza, belleza, amor por la vida y todo eso de lo que hablan los libros de Deepak Chopra y algunos de Stephen King:



Pero un momento: yo no sé mucho inglés, pero he notado que el Demis canta la cosa cuando ya es un viejo. ¿O habré tradicod mal y la cosa se llama en realidad Cuando era un niño? Y además no la canta, sino que la dobla. O sea, que todo es una impostura. Pura mímica. Él no es feliz. Tiene que volverse un niño o regresar a la niñez para experimentar eso.
Y bien, el caso es que la canción es hermosa y nunca está de más ver a Demis en sus inicios.
El grupo venezolano Los Cazadores le hizo una maravillosa versión en castellano; la llamaron Esa Canción, y quien no recuerde sus viejos tiempos al escucharla es porque no había nacido cuando estuvo de moda, o porque está muerto. Pueden escucharla aquí (o tal vez el enlace está malo. Por favor, avísenme si ese es el caso).

29 noviembre 2005

Demis Roussos - Forever and Ever

Demis Roussos.
Cuando posaba para la carátula de sus discos la cara de Demis Roussos destilaba un sufrimiento del carajo. Lo mismo pasaba con su voz, con las letras que lo ponían a cantar, con la atmósfera misma en que se convertía la calina de mi querido desierto natal cuando ese caballero, cuyo semblante era un asunto a medio camino entre Jesucristo, Roberto Mano'e Piedra Durán y los vaqueros de los western italianos, se soltaba a modular esos quejidos lastimeros. He visto fotos suyas en las que aparece sonriente. Pero no puede engañarme: la vocación de ese hombre consistió, al menos en aquellos 70, en sufrir y transmitir sufrimiento.
Jamás he sabido ni querido saber qué decían aquellas letras, qué depresiones del carajo podían ser capaces de fomentar semejantes flebilidades. Yo me conformaba con escuchar de vez en cuando las versiones que le arreglaban al venezolano Ruddy Márquez. En una de ellas, la de Forever and Ever, una estrofa terminaba así:
...quizá cuando regreses junto a mí...

Lo cual me hace concluir que esa letra en castellano no concuerda para nada con la que cantaba el Demis: las palabras de Ruddy revelan una vaga esperanza. Yo estoy convencido de que esa cosa que lacera, tritura y aplasta a Demis Roussos es enorme, espantosa, no tiene solución, es una maldita tragedia irreparable; no en balde nació griego el voluminoso cantante.
El pana Oscar Palacios asegura que si llega a escuchar esta pieza en un momento de estrés simple (digamos, durante una cola en la autopista) es capaz de pegarse un tiro. Yo no puedo invitarlo a usted a que haga eso, pero sí a que sufra un poco con ese placer malvado que guardan algunas memorias lejanas. Ponga atención, sobre todo, a partir de los 3 minutos 9 segundos, cuando, tras el último lamento del cantante, un coro de ángeles o mujeres fallecidas modulan un aria que prefigura candor, soledad, ternura, catacumba o adiós. Se trata de las mismas deidades que cantan al principio y en el medio de la canción, pero al final resultan demoledoras, no sé exactamente por qué; quizá porque las voces se van apagando hasta que desaparecen.
Guarde entonces las armas de fuego y las navajas, póngase lejos de la ventana, asegúrese de que el Metro está cerrado, recuerde que diciembre puede ser un mes hermoso y escuche al excelso Demis Roussos: