Leonardo Favio. El hombre ahora es cineasta y anda por el mundo con tremendo pañuelo amarrado a la cabeza; significa que su trabajo artístico actual es conocido por un círculo más o menos reducido de consumidores de cultura (lo decimos por lo del cine, no por lo del pañuelo).
Lo anterior viene a ser curiosidad tan sólo por un detalle: hace 30 años y un poco más la voz de este caballero viajaba hacia las multitudes y fluía entre ellas fomentando desamores y seducciones, a base de unas extrañas letras que, según los detractores del cantante, se las componía su señora madre. En lo personal, muchos días de mi niñez transcurrieron en el estruendo del Long Play que la doña que me crió colocaba, vuelta y vuelta, a lo largo de aquellos días: Ding Dong, Ella... ella ya me olvidó, Ani, La soledad, Ni el Clavel ni la Rosa...
Por la viril rotundidad de su voz, y también por la honestidad de su poesía, Leonardo Favio representaba una importante figura paterna en una sociedad que también, a ratos, se dejaba seducir por un compatriota suyo, que se hacía llamar Sandro a secas (de él nos ocuparemos pronto en este espacio). Sin necesidad de mostrarse abiertamente groseras o estrambóticas, resultaban todo un desafío en esa época ciertas letras no aptas para seguidores del Opus Dei:
Quiero partir con mi canto
tu cuerpo de niña y hundirme a vivir
Nada me importa la gente
que opina y se ve que no me ha de entender
Aquí van entonces tres de las inmortales de Leonardo Favio. Más adelante incluiré otras, pero de momento escuchen (o vuelvan a escuchar) esta muestra, que seguramente usted también carga por allí en alguna gaveta de su memoria:
O Quizás Simplemente le Regale una Rosa:
Quiero Aprender de Memoria:
Ella... Ella ya me olvidó:
Quiero Aprender de Memoria:
Ella... Ella ya me olvidó:










Los Terrícolas. 
