29 marzo 2006

Irakere - Dile a Catalina

Irakere.
Cuando mis panas melómanos y comunistas me decían que Irakere era la más alta expresión de la música caribeña yo les respondía con sorna: "Okey hermano, a mí también me entusiasma la Revolución cubana, pero no es para tanto. Un poquito más de respeto para la orquesta de Palmieri, la de Barretto, la Fania All Stars sin ir más lejos". Hasta que uno de ellos me llegó a la casa con un long play debajo del brazo, con ese aire sobrado que tienen los jugadores de poker que tienen una combinación fulminante, y me invitó: "Escucha esto, perro".
La cosa que me puso a escuchar es un escándalo armado por un trabuco monumental en el que descollaban los nombres de Chucho Valdés, Arturo Sandoval, Paquito D'Rivera, Enrique Plá y Oscar Valdés. Era 1982; al Arturo lo había ungido poco antes el inmortal Dizzie Gillespie, al regalarle su extraña trompeta doblada y comentar en evento público que él, Sandoval, era el mejor trompetista que había escuchado en su vida. No más escuchar los agudos de éste y los arreglos del Chucho y tuve que darle la razón al hermano. Que tal vez no haya tenido razón, pero al que todavía hoy le agradezco la cátedra: gracias, mi pana Goyo Guzmán (1964-1988), por mostrarme esta pequeña joya de la música de todos los tiempos.

Dile a Catalina:

26 marzo 2006

Chao, Rocío: Ya lo ves, la vida es así; tú te vas y yo me quedo aquí...

El año 2006 se ha llevado ya a varios cantantes y músicos entrañables. De ellos, ninguno ha sido o será llorado por más gente en el mundo que Rocío Durcal; esta dama de voz portentosa y rotunda altivez murió ayer en la noche. El nombre que le pusieron sus padres fue María de los Angeles de las Heras Ortiz. La inmortalidad le tenía reservado otro nombre, más corto y más poderoso.
Dueña de un estilo despreciado por puristas, intelectualosos y melómanos de pacotilla, no existe nadie nacido fuera de México que haya interpretado con tanta dignidad y vocación universal ese subgénero llamado balada ranchera. De la mano de Juan Gabriel la cosa parece más bien fácil (cada composición de este caballero es un pasaporte al hit parade), pero quien no haya visto a Rocío Dúrcal en escena no entenderá de qué se trata, nunca comprenderá por qué esta mujer es uno de los picos más altos del patrimonio de la cultura dicha en castellano.
En España y América Latina, nadie que haya tenido alguna vez un radio encendido a su lado puede decir que no escuchó esa voz de fémina brava y lastimada. Nadie que haya nacido en este continente puede decir que jamás se crispó de despecho o nostalgia, o que ni siquiera se burló ante la verdad de lo cursi, escuchando La Gata Bajo la Lluvia; nadie puede decir, sin que lo delaten el color y el idioma, que no languideció al menos unos segundos al escuchar Amor Eterno. Si alguien quisiera recopilar las condiciones básicas que necesita una persona o grupo en América para ser llamado Pueblo, uno de las requisitos debería ser el poder cantar o al menos tararear o recitar alguna de las piezas que convirtieron a Rocío en diosa cotidiana.
Esto es, por lo tanto, mi homenaje personal, lejano y humilde a esa mujer invisible que nos latigueaba a través de la radio, y cuya imagen nos perturbó más tarde por televisión: su genio cantaba con todo el cuerpo (y parece también que con el alma). Abajo pueden escuchar los clásicos Amor Eterno y La Gata Bajo la Lluvia; Jamás te Dejaré y Te voy a Olvidar, esta última más conocida en la versión de su autor, Juan Gabriel; e Y nos Dieron las Diez..., a dúo con Joaquín Sabina.
Hora de despedirnos entonces: volverás a ser invisible pero de ninguna manera te aguarda el olvido.
Rocío tiene una página web oficial; dice que está disponible desde 2002. Entren allí para que conozcan detalles de su vida remota y reciente.

Amor Eterno:


La Gata Bajo la Lluvia:


Jamás te Dejaré:


Te Voy a Olvidar:


Y nos Dieron las Diez:

19 marzo 2006

Los Tres Tristes Tigres - Solo Otra Vez - Matrimonio

Los Tres Tristes Tigres.
La versión original de la canción Alone Again, de Gilbert O'Sullivan, es una crónica de la vida horrible de un muchacho a quien el sucio destino ha condenado, tal como lo anuncia el título, a estar solo. Yo no entiendo mucho el idioma inglés, pero creo haberle escuchado a alguna de mis hermanas (que entiende menos que yo ese idioma), entre lagrimones de puro sentimiento, un resumen de lo que dice la pieza en cuestión. Lectores hipersensibles: favor abstenerse de seguir leyendo. La historia es dura.
De niño, el cantante debió soportar la périda temprana de su madre y unos meses después la de su padre. Su abuela o una tía se encargó de él, pero al poco tiempo también murió o decidió dejar su rol de cuidadora de muchachos y largarse con un amante; para los efectos viene a ser lo mismo. El chico (continúa la canción) volcó entonces todo su amor filial en un perro callejero, pero un mal día pasó frente a la casa un camión sin frenos y convirtió a la mascota en una sopa sanguinolenta y nauseabunda. El joven se consigue entonces una novia. La canción culmina justo cuando el desafortunado Gilbert comienza a contar que a la chica le han detectado un cáncer de próstata, lo cual viene a ser una espantosa doble revelación. Alone Again, naturally...
No estoy seguro de que la historia cuente exactamente eso, de modo que si alguno de los lectores de este blog me la corrige, mucho se lo agradeceremos yo y los demás.
El caso es que en Venezuela salió al ruedo, en el año 71, un grupo llamado Los Tres Tristes Tigres, cuyos integrantes se propusieron la noble tarea de humanizar la creación de O'Sullivan, y el resultado fue una versión en español obviamente más risueña y amable:

A pesar de mi temor
Voy sintiendo ya el calor
de una ilusión que en el corazón
me dice que volverá...


Fieles a esa vocación de sujetos ajenos a vainas tan feas como la soledad y las tragedias, logran también convertir en éxito masivo en Venezuela y otros países una canción llamada Matrimonio. Es verdad que para algunos es preferible ver morir a los padres, las tías y las amantes antes que casarse, pero de todas formas la música de Los Tres Tristes Tigres lo reconciliaba a uno con la vida.

Aquí van ambas canciones:

Solo Otra Vez:


16 marzo 2006

Los Archies - Sugar, Sugar

Los Archies.
El único especimen sobre la tierra capaz de superar en imbecilidad a un adolescente gringo es el gringo viejo que gobierna en la Casa Blanca. Archie, el pelirrojo novio de Verónica (y a veces de Betty, según creo recordar), pertenecía o pertenece, por aquello del Síndrome Peter Pan, al primer grupo, y con toda seguridad sus babiecadas no le hacían daño a nadie. Tenía a su favor, además, el hecho de que no era un ser humano sino un muñequito, un personaje animado, una comiquita, y en esas condiciones no podía ni puede convertirse en presidente de EEUU. Sólo que ya el daño está hecho. Y no, no es culpa de esa ni de ninguna historieta.
El éxito del dibujito animado fue tan grande entre los adolescentes de todo el mundo, que a alguien se le ocurrió materializarlo, buscarle una versión, una réplica, una persona de esas de carne y hueso. Entonces aparecieron Los Archies, la canción Sugar, Sugar se convirtió en otro éxito más del fenómeno Archi y ahí sí nos jodimos todos.
La canción era más cursi que estúpida; según los salseros venezolanos encajaba a la perfección en esa categoría de la mala música gringa llamada guachi-guachi, y su letra (según lo que puede entenderse) es una invocación de la diábetes: nadie, aparte de Celia Cruz, debería estar autorizado para nombrar el azúcar en ninguna canción. Los Archies para variar le agregaron miel y vaya a saber usted cuántas calorías más, y la melodía termina destilando un néctar de bobería impresionante.
¿Qué tiene de buena entonces la canción? Básicamente, la particularidad de enloquecer a las muchachas de la época (fin de los 60 y principios de los 70), y el verbo enloquecer por lo general venía acompañado, en algunas amigas de mis hermanas, en dos o tres que se ponían minifaldas y le daban a uno unos abraaaaaaazos de lo más afectuosos. Y el afecto, ustedes lo saben, es capaz de permear a cualquier muchacho, incluso a aquel de cinco años que yo era.
¡Ah, qué mala canción y qué gratos recuerdos me trae!
Fúmese un porro de marihuana con leche condensada y recuérdela:
Sugar, Sugar:

14 marzo 2006

Palito Ortega - Prometimos no Llorar

Palito Ortega.
Puede que Palito Ortega sea un tipo noble, honesto y de buenos sentimientos. Pero si alguien se propusiera un día buscar pruebas y alegatos en su contra para acusarlo, digamos, de torturador o destructor inmisericorde de corazones de doncellas, esta canción pudiera comprometerlo seriamente. La cosa comienza así:
Habíamos prometido no llorar. Perdóname, quizas esta sea la última vez que nos sentamos a tomar un café juntos. Quizás es la última vez que nos vemos, así que tratemos de estar bien. Por favor.
Y a su lado aquella mujercita vuelta un mar de mocos, suplicándole a semejante energúmeno que le dé una oportunidad. Parece, según lo que el tipo se empeña en recordarle mientras la muchacha sólo alcanza a sollozar, destrozada, que se conocieron una tarde y todo fue hermoso porque pasaron ciertas cosas impublicables. Pero que, lamentablemente, aquello se había vuelto un fastidio y una rutina, y por lo tanto él, Palito (tanta altivez y tanta rudeza de macho sureño y miren el apodo que se gastaba) decidió irse al carajo y no verla más. Y con aquella seriedad, mi hermano...
En el colmo de su sadismo, el muy patán tiene los cojones de decirle, en medio del terrible tormento, que deje de resquebrajarse, que se comporte:
Se enfría tu café, aquí nadie se tiene que sentir culpable. La gente nos mira, por favor no llores más.
Boludo, el coñísimo.
Con todo, es otra canción de esas que llegan para quedarse, y cuya melodía, acompañada por un lastimero Nana nana nananá, forma parte también de nuestra llorona memoria setentosa.
Ahí la tienen:

08 marzo 2006

Carl Douglas - Kung-fu Fighting

Carl Douglas.
De las aficiones aptas para muchachos que teníamos en las noches de Carora (años 70) tal vez la más popular era el cine, al menos cuando podíamos parir el bolívar que costaba la entrada. Las películas que más desataban el furor entre aquel poco de coñitos de los barrios eran las de kung-fú, y entre éstas las de Bruce Lee. El hombre murió, pero sus películas seguían proyectándose con un insólito éxito seis y siete años después; dudo que película alguna en la historia del cine haya permanecido en cartelera igual cantidad de años que La Furia del Dragón (aquella en la cual se faja en una coñaza inolvidable contra Chuck Norris en el Coliseo romano), cuya copia masticada y remendada con teipe y chicle presenciábamos los caroreños con la misma devoción de la primera vez.
Decía al principio que esas películas desataban el furor de los muchachos, y no en sentido metafórico: lo verdaderamente intenso del deporte de ver a Bruce Lee no era la película en sí misma sino participar o tratar de huir de las batallas campales que se formaban afuera, porque de aquellas salas del cine Bolívar salía uno con la adrenalina alta y creyéndose capaz de reventar a los demás a punta de patadas voladoras. En el pico más alto de esa fiebre, a mí y a otros muchachos ociosos nos dio por fabricarnos unas armas chinas de esas que llaman nunchakus, consistentes en dos palitos de escoba unidos por una cadena, y con esas vergas en la cintura andábamos por la calle pendientes de abrirle el cráneo al primer Chuck Norris que nos mirara feo.
Un día estrenaron una película, no recuerdo si un homenaje póstumo o la que él mismo dejó inconclusa al morir en 1973. En algún momento de esa película ponían una canción gringa de aires épicos, y de fondo varias escenas de combate del inmortal peleador, y aquello era emocionante porque era como verlo pelear de nuevo y al ritmo de una melodía muy contagiosa, aunque inentendible. Creo haber leído u oído decir mucho después que aquello fue el primer video-clip de la historia, que la canción se llama Kung-fu Fighting y que la interpretaba Carl Douglas.
Ubíquese en el centro de la sala, aparte los muebles y adornos que puedan romperse, ponga lejos también a su pareja e hijos pequeños, y escúchela:

06 marzo 2006

Los Corraleros de Majagual - La Manzana / La Yerbita / La Burrita de Eliseo / El Vampiro

Los Corraleros de Majagual.
En los años 70 Colombia comenzó a internarse, de pecho y sin frenos, en un período de convulsión política y social que repotenciaba al que dos décadas antes (y un poco más) había detonado El Bogotazo. Al mismo tiempo comenzaba lo que los estudiosos del tema de la droga llaman el boom marimbero: la marihuana comenzó a significar para muchos una opción para paliar la miseria, pero también significó la criminalización de miles de agricultores pobres.
De esa época data una de las movilizaciones demográficas más intensas de colombianos hacia Venezuela, y posiblemente también uno de los más lamentables momentos de xenofobia anticolombiana entre nosotros. Muchas mujeres pobres vinieron en busca de las mejoras que prometían un bolívar sólido y un presidente tan pro-colombiano que ahora mismo es muy difícil asegurar que nació aquí; es fama que miles de ellas sólo consiguieron subemplearse como domésticas o como camareras. A todas, sin excepción, les cayó sin compasión el estigma: los venezolanos se ofendían cuando los llamaban colombianos, porque en el habla común colombiano era sinónimo de ladrón, y colombiana sinónimo de puta. Así de triste y así de injusta fue esa época.
A cambio de la amargura, los colombianos nos inundaron con mucho de las alegrías patrias que se trajeron en el equipaje. Y nada fue mejor que la música de ellos para enseñarnos una nueva forma de estar contentos. Una década antes su ingenio creador había producido una fábrica de músicos y juglares llamada Los Corraleros de Majagual, un conjunto de música inclasificable (acordeón, trombones, saxos, tambores...) que desde el propio nombre les producía náuseas a las clases medias y altas, pero que entró con furor en los estratos más pobres hasta convertirse en fenómeno cultural perdurable. Todavía hoy, cuando alguien lo suficientemente humilde, sensible y de buen humor escucha en la calle a Los Corraleros, no puede evitar olvidarse por un momento de los problemas y sonreír: esas canciones de hace 40 años tienen un efecto terapéutico del carajo.
Del grupo salieron cantantes y músicos de renombre: el vallenatero Alfredo Gutiérrez, Fruko (devenido después salsero fundamental de Colombia), Julio Erazo, Lisandro Meza, Calixto Ochoa. El tono y la temática de las canciones de Los Corraleros de Majagual son, esencialmente, una eterna jodedera. El jodedor mayor entre sus cantantes y compositores es, sin ninguna duda, Eliseo Herrera. Aquí abajo pueden escucharlo en tres canciones de esas que no morirán: La Manzana, La Yerbita y El Vampiro. En las dos primeras, la temática sexual explícita o insinuada queda bellamente aderezada con el estilo vocal relampagueante de Eliseo, a quien hay que oír como debe ser: no sólo mientras interpreta la letra sino cuando encaja aquellos gritos y giros improvisados, de los cuales el más famoso e inconfundible es aquél "Nos juiiimoooo....", característico de la orquesta.
La cuarta canción que incluimos aquí es un contragolpe que le zampa Lisandro Meza a Eliseo Herrera. Se llama La Burrita de Eliseo y es una clarísima celebración de la zoofilia: ya que Eliseo es tan jodedor, el Lisandro le aplica también el veneno de su creatividad y su capacidad como vocalista y lo llama, a su manera, cogeburras. La risa entre macabra y pícara que suelta Meza en los primeros acordes de la canción es un fabuloso anticipo de lo que sigue. Por último, incluimos también un clásico: El Vampiro, posiblemente la canción del grupo más conocida en Venezuela. Los Corraleros de Majagual le dejó a nuestra cultura un arte bueno para almas a un mismo tiempo recias y sensibles, pero no apta para esas sensibilidades timoratas a quienes espanta el arrabal.
Yo no pretendo enseñarlos a ustedes (ni a nadie) cómo escuchar música, pero háganme caso por esta vez: en La Manzana, fíjense con atención en esa clase de final para orquesta y saxofón del último minuto y medio; en La Yerbita, estremézcase y emborráchese con ese interludio para bajo y cencerro, que comienza al minuto 1 con 17 segundos, justo cuando el cantante convoca: Ahora, viejo Mario, ¡ahí na'má!, y que termina diez segundos después con otro grito poderoso del solista: ¡Anda!; en La Burrita de Eliseo, deguste la sinfonía de acordeón que es la primera parte de la pieza, hasta que Lisandro Meza interviene a los 32 segundos para anunciar su final con un llamado profundo: Ahora sí: ¡uuupaaa!
Repita esa operación varias veces, asómbrese con esa increíble orquestación y diga, sinceramente, si esta tremenda orquesta no es un suculento manjar para melómanos.


La Manzana:


La Yerbita:


La Burrita de Eliseo:


El Vampiro:

02 marzo 2006

Trigo Limpio - Rómpeme, Mátame

Trigo Limpio.
El nombre de este grupo español va en estricta concordancia con la pulcritud sinfónica y vocal de sus canciones, para qué dudarlo. En 1977 lanzaron al mercado esta canción, una especie de Himno al Masoquismo que repetía lo que ya otras canciones dijeron y siguen diciendo, aunque de otra forma:
Rómpeme, mátame, pero
no me ignores,
no, mi vida.
Prefiero que tú me mates
que morirme cada día...

Sin ir más lejos, es el mismo argumento de la canción que inmortalizaran Julio Jaramillo y otros unas décadas antes: Odiame, por piedad, yo te lo pido...

Va esta otra joya setentosa, para los amantes de la autoflagelación a la española:

Rómpeme, Mátame:

01 marzo 2006

Jairo - Tu Alma Golondrina

Jairo.
A usted, radioyente avezado, seguramente el nombre de la canción no le dice mayor cosa, no le recuerda nada en particular. Pero seguramente sí sabrá de qué pieza se trata si le recordamos el inolvidable estribillo:

Y así te fuiste de pronto
sin adiós, sin despedida.
Vuelve ya, que sin tu amor
tengo las manos vacías...

Esta canción es probablemente una de las más malas entre las muy populares, y quizá también una de las más populares entre las francamente malas. En descargo del cantautor argentino que la hizo famosa (y se hizo famoso gracias a ella) es preciso decir que la pegó del techo cuando era todavía muy joven. Digo, Mozart componía unas sinfonías gloriosas a los 11 años de edad, pero estamos hablando del género balada y estamos hablando de un muchacho que tuvo el valor de salir a competir con Leonardo Favio, Palito Ortega, Piero y Leo Dan, por nombrar sólo a algunos de sus paisanos consagrados para la época.
Estamos hablando de los primeros años 70, y de otra pieza para el recuerdo. Eso sí: cuando el cronómetro se acerque al minuto 1 con 10 segundos bájele el volumen al aparato, vaya a servirse un refresco u ocúpese de otra cosa, al menos hasta llegar el minuto 1 con 50"; ese es el fragmento donde el cantante se suelta a farfullar una cantidad de estupideces del tipo: Nos quisimos buenamente...
El resto de la canción puede tragarse e incluso digerirse, y además es un buen alimento para la nostalgia.